Historias DiarioSur

Mis andanzas por la natal Coyhaique con Víctor Manuel

Por Óscar Aleuy / 20 de julio de 2025 | 14:27
El Internado en Puerto Aysén año 1961. Las imágenes de los 12 años (Foto álbum familiar)
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Víctor Manuel se pasaba la mañana vociferando a todo dar desde los postes de ciprés. Me contaba las historias de su abuelo escuchadas por la pared de madera terciada ciertas noches cuando la nieve lo silenciaba todo.
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En 1955, ese blanco y larguirucho Víctor Manuel me llevó a bastantes lugares que aún no estaban en mi cabeza y que ni pensaban entrar todavía. No puedo olvidarlo mientras sorbeteo el café negro de la mañana, exactamente a las 7.45 de hoy, cuando he llegado a vivir ya 76 años. Nacimos casi juntos, entre abril y mayo, cuando caminar por las noches de Coyhaique era algo imposible. Crecimos juntos entre los postes del patio donde su padre guardaba tres camiones. Veo al rojo, un ñato imponente. Era un Ford viejo de los años 46 que ya en 1953 parecía algo antiguo y vetusto, cuando rechinaba con la carga de bolsones de lana con rumbo al puerto, con un humo negro chocando contra el sendero de salida cuando el sol rayaba en medio del alba y el viento.

Víctor Manuel no sólo fue mi compañero de juegos, mi compa y mi pana. Sus abuelos le habían contado historias que me las contaba él después a mí. No me dio para tener a los míos a mi lado, murieron fumándose todos los cigarros que pudieron hasta que sus pulmones se pusieron negros y pestilentes. Me llevaba con sus palabras al patio interior de la casa de doña Rosa, en pleno corazón del centro del pueblo y ahí mismo no más nos escondíamos detrás de un árbol para esperar que llegaran los actores y se metieran a una carpa que en la noche era mucho más negra todavía, llevando algunas maletas, bolsas y otras bagatelas, para estar un par de horas y a veces más escuchando parlamentos de escenas teatrales, como las que oíamos en los escenarios de la escuela durante las encendidas veladas, y todo se iba llenando de murmullos y grititos infantiles.

Los ensayos en la carpa de Rosa Cuevas Droguett

Doña Rosa era de Lo Miranda de principios de 1907, hija de Dolorinda Droguett Miranda y Albino Cuevas Pinto. Una chica joven que vino en silencio a quedarse a la Pampa del Corral, acompañando como doméstica a la profesora Anastasia Díaz, mandada a llamar por los administradores ingleses para enseñar en la escuelita de la estancia.

Sucede que estos seres tan teatrales pretendían ayudar a las comunidades a recaudar fondos. Poco sabido es que el pueblo se levantó a punta de rifas, fiestas y kermesses, bailes de gala y celebraciones administradas por el Comité de Vecinos Ciudadanos, lo que hoy sería una Junta y que en ese tiempo se creaba por necesidad y no solamente por cumplir las ordenanzas del Estado. En realidad, poco y nada le importaba Coyhaique al padrecito Estado.

La vida en Puerto Aysén en 1961, cuando teníamos 12 años y nos mandaron internos a estudiar al Liceo de allí. (Foto Grupo NLDA)

Víctor me traía historias de lujo y me las contaba como si él mismo fuera un libro. Su abuela Cloti y doña Rosa eran íntimas. Y por primera vez sus ojos vieron con asombro de qué manera un anunciador callejero con zancos y letreros publicitarios se tambaleaba sobre el barro y vociferaba con un megáfono en las manos el anuncio de la presentación de las obras teatrales del elenco. Un verdadero afán pionero de la publicidad al estilo de las grandes ciudades. Por la tarde, ese grupo de gente se pasaban largas horas ensayando parlamentos sobre una especie de rampa de algún material cuyo nombre ya se me ha olvidado, mientras en la altura se desplegaba la magia de unos actores de teatro que se buscaron a Alejandro Flores y en nombre de él y de su fama se dieron a la tarea de convertirse en comediantes capaces de deleitar a una concurrencia comprometida.

Un día decidieron traer a esa carpa en medio de una reunión, la oficialización de los actores con el bendito nombre que estaba de moda en las tablas nacionales: Grupo de Teatro Alejandro Flores, formado en una compañía de revistas y sainetes por 1919 cuando se hizo notar en una primera presentación en el teatro La Comedia de la época santiaguina.

El primer cine y otros inventos

A mi hermano Víctor no sólo le gustaba hablar de teatro, sino también de cine. Fuimos los primeros de nuestras generaciones escueleras que durante un recreo, junto a varios otros que ahora mismo ancianamos el tiempo, inventamos el primer platillo volador de la ciudad. Semanas después nos montamos sobre unas bicicletas para jugar a la chueca y al año siguiente nos metimos a una pieza oscura de su casa amarilla para echar a andar el primer proyector de películas que funcionaba, para lo cual aprendimos a mover una manivela y echar a correr una especie de cinta que pasaba por una rueda de metal, lo que nos permitía ver moviéndose al pato Donald en una sábana colgada de la pared, año 1958 calle Balmaceda de Coyhaique. Dos años después llegó el 61 y se terminó de un golpe la educación básica con un profe alemán de apellido Straussman que dejó huellas, y con el que me volvería a encontrar años después en la escuela agrícola. 

Tiempos de liceo e internado
A merced del tiempo y con 12 años cumplidos, nuestros padres nos subieron a sus autos y llegamos a Puerto Aysén convertidos en liceanos. Pero más que nada en internos en una casa que se caía sola y reptaban babosas y ratones por las paredes. El musgo colgaba de los techos y la lluvia jamás dejó de caer por muchos meses. Dormimos en literas en una pieza oscura y ruidosa donde el piso rechinaba y el viento se colaba por las ventanas. Había en ese lugar exactamente diez chicos. Nos levantábamos temprano para irnos caminando bajo la lluvia hasta llegar a unas cuatro cuadras de distancia hasta el Liceo Fiscal de Puerto Aysén, un gigantesco establecimiento que aún existe.

A pesar de todo, éramos muy unidos. Recuerdo a Insunza, Bórquez, Solís, Carloto Oyarzún, Tulín Torrealba Tijereta Cifuentes, Flavio, Domingo y Carlos Didier. Los baños olían a fetideces, la cocina a porotos con mote que comimos a diario, sin pausa.

Víctor Manuel y el autor en 1971 (Foto Grupo NLDA)

En medio del tiempo que avanzaba, nos hacíamos hombres, codeándonos con la gente de un pueblo ahora grande. Habían llegado los autos y los camiones, el alcalde Brautigam se preocupaba de instalar una red de agua potable bajo la superficie de la plaza. Eran los tiempos en que la asignación familiar estaba fijada en 2 mil trescientos pesos, y cuando Chile importaba 27 toneladas anuales de cobre a Inglaterra. Carlos Asi atendía su negocio La Rural, en la esquina de Prat y Errázuriz, con ropa hecha para damas y caballeros y también con el rubro de abarrotes y paquetería. Más allá, por Barroso, se erguía la presencia de Víctor Bustamante, ex técnico de American Screw Chile y que se había venido a instalar con su taller de reparaciones, bobinado de motores y trabajos de electricidad. 

Mientras tanto, Carmen Sánchez no dejaba de trabajar en la incomparable atención de su Restaurant Splendid de Barroso 282. ¿Cómo olvidar al sastre Garay con sus casimires perfectos? ¿Al contador de estado Jorge Sasaki?  El fundo Los Corrales de Fernando Oleaga vendía 40 vaquillas clavelas hijas de toros finos. Y en la Pensión Campesina de Prat 601, la quiromántica Carmen Lucero veía el porvenir en sucios naipes abarquillados que daban vuelta todo Chile, atendiendo con diligencia a fervorosos adoradores de las cosas del destino.

Por ahí pasamos sonriendo, como si viviéramos una muy buena película. Los domingos íbamos a ver westerns o Tarzán de los monos en películas rayadas, cortadas o desenfocadas. Pero era cine al fin, con los parlantes que anunciaban las funciones y sus horarios por las calles, y con una pre exhibición en los mesones donde comprábamos caramelos o chiclets de menta donde unas señoras con moños redondos que eran hermanas y sonreían siempre. Entrar a ese cine era mamarse los olores a cuerpo y a sudor, a ropa de toda la semana. Los habitués llevaban troncos de leña para calentarse en la función nocturna. Afuera nevaba y había un tarro grande habilitado con un caño largo de unos 10 metros  que buscaba la salida por el cielo raso. En el inicio del Noticiero Emelco ya se veían los agujeros de un telón que se caía a pedazos. Pero estábamos en un cine y ninguno de los que estábamos adentro encontrábamos problemas en estar ahí viendo nuestras impresionantes películas en un espacio tan grande y a todo volumen y el ambiente verdadero e impresionante de un lugar plagado de familias felices.

Víctor Manuel y yo continuamos nuestros estudios en Santiago. La enseñanza media pasó rauda en el Fiscal y el Patrocinio, luego nos subimos a muchas micros, fuimos a otros cines, viajamos en tren a otras ciudades y entramos a la Universidad para regresar en 5 años a nuestros escenarios natales.

Por ahí pasarían conversaciones eternas, lindas chicas para amar y muchísimo mundo que aprender. Aún respiran esos tiempos en el alma y en la vida que anduvimos. Es cuando me entran las ganas de decir con la poeta Sánchez Blessa:

El tiempo se llevó la pasión de mi mirada; el tiempo se fue con mis tacones. Y le puso sandalias a mi vida. Se llevó a mi novia de mi boca, la que me daba besos en la esquina…

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Oscar Aleuy, autor de cientos de crónicas, historias, cuentos, novelas  y memoriales de las vecindades de Aysén. Escribe, fabrica y edita sus propios libros en un difícil trabajo. Ha escrito 4 novelas, una colección de 17 cuentos patagones, otra colección de 6 tomos de biografías y sucedidos y 4 tomos de crónicas de la nostalgia, niñez y juventud. A ello se suman dos libros de historia oficial sobre Cisnes en Patagonia,  una colección de 15 revistas de 84 páginas puestas  en edición de libro y el avance de los libros La Última Esquina y “Nibaldo Schwartzman, el último viajero” .
 

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