Historias DiarioSur

Cómo una plaza de pueblo revela tantos significados y contenidos

Por Óscar Aleuy / 15 de noviembre de 2025 | 21:18
JORGE DOWLING, funcionario municipal de Baquedano, se trajo la idea de París. (Fotos grupo NLDA)
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Nuestra actual plaza, emula la Place de l’Etoile de París por una gestión de dos regidores importantísimos que cumplían activos cargos municipales: Jorge Dowling Desmadril y Héctor Monreal.
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Durante los primeros meses del año 1946, el alcalde de Coyhaique don Alberto Brautigam Lühr firmaba la ordenanza mediante la cual se procedería a un desmalezamiento y despeje metódico y sistemático de los espacios que constituían la plaza pentagonal, como una forma de terminar con el generalizado desorden y mal aspecto que causaban cientos de arbustos de calafates y coliguales que se encontraban en el lugar, además de los espacios aledaños, las primeras calles y calzadas que presentaban muy mala distribución.

La tarea de colaborar al contingente de trabajadores municipales fue encargada por el municipio de Brautigam a un grupo de entusiastas muchachos que conformaban el contingente de músicos de la banda, a instancias de su director e instructor Eduardo Caro Vallejos.

Al respecto, quisiera contar que, cuando don Alberto Brautigam ya entrado en años, acostumbraba venir a Coyhaique para ver sus asuntos, generalmente estaba solo y dedicado a ordenar tanto resumen de vida de sus últimos años. Ocupaba una casa amplia y él, a diario, bajaba por las escaleras y entraba a un emplazamiento administrativo del fondo del primer piso, donde se integraba a su escritorio manejando una curiosa calculadora mecánica alemana marca Schubert de los años 20, con tambor de registro y manivela. Eso no se me olvidó jamás.

El alcalde Brautigam

La famosa esquina de Plaza con Condell, Librería Casas (Foto Grupo NLDA)

En ese extraño mundo de las contabilidades se dejaba ver muy poco don Alberto y su invitación aquel día me hizo sentirme importante para los tiempos que vivíamos de los 80. Me recibió serio y flemático como era, pero muy cordial recordando a mis padres que eran tan amigos.

Don Alberto me dijo que le había llamado la atención haber escuchado en la radio donde yo trabajaba que los músicos del contingente de músicos instrumentistas del regimiento 14 Aysén se habían encargado de las labores de despeje de la plaza. En ese entonces el flemático Brautigam me preguntó que de dónde había sacado esa versión. Me la contó uno de los músicos, le dije- Días más tarde se escuchó la voz del músico de la banda. La visita no duró mucho más que unos veinte minutos que a mí me parecieron inolvidables. No dejó de felicitarme por el lindo espacio radial ni menos se olvidó de sus dos grandes amigos de juventud en la estancia.

El tercer  instructor de la Banda Instrumental, supo durante todos esos años imprimirle a la muchachada a su cargo un sello muy peculiar de coraje y motivación, a tal punto que la obra, supervisada por un inspector municipal, fue logrando avances palmarios.

Montados en briosos caballos, el grupo de trabajadores fue haciendo que las obras causaran el asombro entre la mínima cantidad de población de entonces, que les vio aparecer con admiración por entre los pequeños arbolillos de la calle Cochrane.

¿Qué sucedía con la plaza en aquel tiempo?

La Plaza, típicamente enclavada hacia la visión de Condell hacia el futuro Paseo Peatonal que concluirá en Baquedano.

El espacio representaba un sitio casi baldío, delimitado por esas características alambradas que los ingleses colocaban a todo lo que ellos consideraran patrimonio de la estancia. Rodeaban el sector enormes calafatales que mostraban sus gruesos troncos y espinas, alrededor de los cuales transitaban, ateridos de frío por entre los inviernos, los escasos habitantes de Baquedano, siluetas casi fantasmales que deambulaban solitarias por el centro.

La primera misión del contingente militar, pioneros –por decirlo de alguna forma– del laborioso Cuerpo Militar del Trabajo, fue proceder a colaborar y complementar las duras labores de los obreros municipales relativas al retiro de las alambradas que circundaban la plaza a fin de erradicar rápidamente los calafates, un trabajo tan arduo e incesante que los actuales testimonios reviven aquellas durísimas jornadas con indisimulado orgullo.

Los ocasionales obreros municipales que eran los instrumentistas de la Banda, tenían medio día para los ensayos (no abandonaron nunca su misión de instrumentistas), y el resto del tiempo se dedicaban a hermosear lo más cerca posible del buen gusto la primera plaza. Los troncos de calafates fueron amontonados en el mismo sitio que hoy ocupa la pileta de agua y seguramente, aunque la leña abundaba y sobraba, se las llevaron familias baquedaninas para apilarlas en sus patios interiores y utilizarlas como combustible. Cuando el terreno quedó lo suficientemente despejado, llegaron los camiones del Regimiento a efectuar el trabajo de retiro de los escombros de tierra y ramas, al mismo tiempo que otros vehículos traían gran cantidad de ripio del Arenal y lo depositaban a los costados de la plaza pentagonal. Con esto comenzaba la segunda etapa del trabajo, que consistía en lograr ornamentar, diseñar los caminos y senderos del interior del  paseo público, plantar arbolillos y especies arbustivas y encarar el despeje definitivo de la acumulación de coligües. Este trabajo no lo hicieron solos, pues de todas partes de la poblada aparecieron generosas presencias de habitantes solícitos que entregaron entusiastamente su colaboración al contingente de músicos.

Esos otros vecinos que colaboraron

Aquí aparecieron esos vecinos inolvidables, la familia Schadebrodt, Amalia Vidal y la gente de la Acción Católica, Salvador Hernáez, los comerciantes y ganaderos, los apoderados de la escuela con sus hijos, profesores, pobladores, todos con maderas, pinturas, cal, piedras para hacer callejuelas y senderos. A un costado, cerca del edificio de la ex gobernación, luego oficina de correos, se instaló un gran mástil para las ceremonias dominicales de izamiento del pabellón patrio.

El emplazamiento aquí se dirige hacia la catedral hacia Bulnes y Riquelme (Foto Grupo NLDA)

Las labores complementarias de trabajos logrados por el contingente de músicos de la Banda Instrumental del regimiento, deben ser hoy reconocidas como una gestión no oficial para el nacimiento de una plaza que con el paso de los años hubo de ser varias veces remodelada. La donación por parte de la familia Holmberg de todos los materiales para construir el actual Odeón, donde luego funcionaría la sirena de los bomberos, también debe ser un gesto reconocido. Lo mismo las luminarias, las garitas para las guardias de carabineros, los antiguos paseos y las originales protecciones para los árboles nacientes. 

Simbologías más allá de lo que se ve

Sin duda que nuestra plaza, que emula la Place de l’Etoile de París por una gestión de dos regidores importantísimos que tenían activos sus cargos de del jefe de Tierras de la época don Jorge Dowling Desmadril y Héctor Monreal, merece ser considerada como un signo inequívoco de unidad entre los coyhaiquinos y un lugar de relajo y gratos espacios visuales que provocan la admiración de nuestros visitantes.

Al respecto, me agradaría compartir una nueva arista de la crónica, para relacionarla con aspectos igualmente importantes.

Llevo viajando encima de esto ya unas cuatro veces. Y me asiste la convicción de que el enriquecimiento del tema de la plaza de Coyhaique ha consistido siempre en verdaderas desandanzas, repliegues y confinamientos sobre temas que efectivamente han quedado huérfanos y poco estables. Los historiadores ya han dado su veredicto y también se han colgado de las muy poco claras conclusiones de nuestras autoridades, sitios sociales, libros y revistas. 

Como cronista, me vanaglorio de no haber andado tan lejos. Por eso prefiero reiterar y reafirmar mis conclusiones, rescatando la presencia de sus dos grandes forjadores, creadores e ideólogos por derecho propio, los agrimensores Jorge Dowling Desmadryl y Héctor Monreal nombres que permanecen en boca de muchos cronistas, historiadores, alcaldes y autoridades, sin que ninguno de ellos haya sabido profundizar más allá de unas 3 a 5 líneas, lo que es una mezquindad poco digna para la importancia que revisten estos personajes.

La Plaza de París y su fuente de inspiración

Ya dije y repito, que la primera gran ideación de este cuento la traen Dowling y Monreal, que en cierta forma hacen prevalecer el gran cariño por la tierra fundada, al viajar a Europa, estar en París y formalizar la idea que algún día le escucharan al gran líder de Puerto Aysén Max Casas, cuando se dirige por primera vez a su pueblo en la carpa de la plaza ejerciendo sus funciones de Subdelegado, para abrir su mano izquierda y señalar a través de la mostración de sus cinco dedos, los cinco tramos de los caminos que debían construir para unir nuestro territorio. Dicho símbolo que cala hondo en el corazón de los asistentes y de todo el territorio y los ámbitos centrales, se convierte en la filosofía del nacimiento del poblado.

Fue lo que Dowling y Monreal encontraron al conocer la Place de L’Etoile de París, que también ostenta las cinco aristas de la estrella, y, por antonomasia, es lo que pronunciara el gran filósofo aysenino Eusebio Ibar, al declarar al mundo de la cultura del Liceo del puerto que Coyhaique es como una estrella que marca los cuatro puntos cardinales y por ella pasan y convergen todos los caminos de Aysén…sus vértices se dirigen a todos esos puntos que ofrecen perspectivas de inmenso porvenir (G. Santelices 2002, 828). 

No hay duda alguna que uno se encuentra entonces con gente detrás, enunciadores poéticos y filósofos, visionarios del futuro de la tierra. Porque tanto Dowling como Monreal en calidad de agrimensores titulados, como Ibar, el filósofo, apuntan al concepto de Estrella (etoile en francés), a los cuales se suma el orador insigne, Casas, el subdelegado, que abre la palma de su mano y arenga al pueblo para explicar también el sentido de la estrella. Notable en verdad.

A este primer identificatorio del tema vendrán a unirse luego todos los comentarios de la interpretación histórica que conlleva la Plaza de París desde el punto de vista de su significado libertario y triunfalista, tal como señala la segunda intención de los escritos sobre la plaza. Desde sus orígenes, esta plaza, de forma pentagonal, que es el resultado de las gestiones administrativas de ambos funcionarios municipales en su calidad de agrimensores y cuyo viaje fue encomendado por el alcalde de entonces señor Alberto Brautigam, ostenta un rol de profunda significación para los primeros habitantes de Coyhaique, no tanto como ahora, que representa tan sólo un somero pasillo donde se confunde el severo cosmopolitismo puesto en boga cuando se encuentran visitantes y nativos, niños, jóvenes, adultos y ancianos compartiendo el mismo entorno.

Años antes, durante los inicios, esta plaza con forma de estrella y área pentagonal, hacia cuyos vértices convergen diez calles, sirvió para divertir a los jornaleros, obreros, trabajadores, peones y mensuales que vivían en la ciudadela de la Estancia de los ingleses, y también como sitio destinado a carreras de caballos, ramadas y juegos de la taba. Después, fue el primer referente para la ubicación de los primeros edificios públicos, hablamos de la Subdelegación primero y de la oficina de Tierras después y también de las primeras casas de funcionarios, autoridades, profesionales, empleados y vecinos. Todo un conjunto convergente y contiguo al gran pentágono.

Si nos vamos al registro histórico de esto, en 1948 el Ministerio de Tierras y Colonización de la época anotaba que Coyhaique en esta fecha comenzaba un lento despegue urbano, con una superficie de construcción de 147 hectáreas, con un aumento notable desde 1929, a partir del centro histórico (su plaza), a razón de unas 6 hectáreas por año, principalmente sobre los terrenos rurales que circundan el área.

En fin, dada la pregunta que hacen todos o al menos la gran mayoría sobre quien diseñó nuestra Plaza de Armas, parece ser que estamos en presencia definitivamente de una respuesta que es ineludible y perfecta, pues fueron los encomendados por el alcalde, los agrimensores Dowling y Monreal, elegidos de entre varios otros que allí trabajaban en miles de metros de nivelación, ripiado de calles y veredas, cercado de puntos clave como la plaza misma, encauzamiento de aguas lluvias, gran cantidad de cunetas, edificaciones, cierres, construcciones y habilitaciones. 

De entre todo este ejército de agrimensores y constructores destaco también a Pablo Velasco, Víctor Schwartz, Guillermo Lastarria en una primera etapa y Juan Fuentes y Heraclio del Campo en la segunda, todos ellos pertenecientes a la primera hornada de agrimensores a cargo del Jefe Provincial de Tierras Fernando Sepúlveda, quienes comenzaron a levantar el pueblo justo en la primavera de 1928.

Así, una plaza de pueblo, simple como un suspiro, bella como un ensueño, se da el lujo en estos tiempos de I.A., redes sociales, tiempos de desenfreno, caos, descontrol y velocidad, de darle un sentido al espíritu del siglo, esa diáfana luz que acerca a Coyhaique y sus sueños a un punto culminante de orgullo y cariño sin condiciones.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

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