Fíjense que me acabo de encontrar con la Rosario, una veterana sola que me recibió en su cocina a leña con carga para unas tres o cuatro horas. Por la leña que había ahí y los tantos paquetes de yerba que descansaban junto a las cortinas floridas al lado de las alacenas de las ventanas.
Me habló un par de horas con un temblor antiguo en la mirada, lloró con lágrimas que parecían brotar de vidas anteriores, y me contó —como quien pide auxilio sin pedirlo— la forma en que había debido enfrentar los tratos de sus padres en medio de una niñez llena de albures y peligros. Al principio me costó creer que en aquellos parajes húmedos, en pleno siglo XX, pudiera sostenerse una violencia tan vasta y tan impune. Pero allá, en Río Los Palos, cerca del chilconal y la tembladera que se recogía bajo los pastizales, la ferocidad todavía era una forma de vida que había que conocer a como dé lugar
Rosario se fue sola por sus contadas
Se llamaba Rosario, y el apellido se lo guardó como un territorio en disputa. Vivía escondida en la espesura, con los ojos del chucao parpadeando dentro de sus silencios, respirando entre las quilitas medio podridas de su primer hogar, rodeada de hermanos más pequeños, jugando en medio de una lluvia que nunca descansó, con los pies blanquecinos envueltos en un tamango gastado que era abrigo, refugio y frontera.
Rosario no estaba tan sola como parecía. Tenía madre, padre y hermanos, pero no poseía lo esencial: un gesto de cariño que la nombrara hija. Poco a poco, a medida que me iba pronunciando sus palabras y las historias se desenredaban solas en medio de los cacareos de la bombilla (llegó un cebador de mates con tetera y la yerba Taragüi, no faltaba más les cuento), las cosas se fueron dando muy bien, ya se creó un diálogo entre ambos. Mientras el cebador de mates, absolutamente mudo e indiferente ante una historia tantas veces contada en la familia, seguía ahí, imperturbable y silencioso, como si nunca hubiera hablado en su vida.
La solitaria niñez
Sí, porque allá en esa vorágine vegetal llamada El Pangal, la niña se había convencido de que el tiempo pasaría rápido, que se llevaría su infierno como un torrente de agua limpia, robándole —de paso— las dos muñecas de trapo, los palitos con que construía casas diminutas para sus compañeras imaginarias, y la bolsita con carbones que siempre cargaba para aprender palabras copiadas de revistas viejas sobre troncos alisados por los incendios del último siglo. Ese claro del bosque donde iba sola, aun con sus sombras, era su reino: una selva íntima donde jugaba a inventarse lo mejor que le llegaba en su día a día solitario.
Llegan las autoridades
En esa casa la violencia tenía rostro, ímpetu y desparpajo. Era tan pública que olía a cotidiano, y tan abierta que las autoridades provinciales se enteraron y llegaron en bote, irrumpiendo en el rancho un día cualquiera. Rosario recuerda que la encontraron tirada en una pieza sin muebles, con el pelo como maleza y los ojos llenos de agua añeja. Una mujer de ojos alegres la levantó diciéndole algunas frases de cariño, la arropó en una frazada, y la subió a una lancha que rompió el silencio de la selva. Hubo tumultos, gritos, amenazas, groserías a todo grito compitiendo con los ruidosos bramidos del río Pangal.
Pero ella no quería rescates ni manos nuevas. Quería correr, huir, montarse en su bote sin motor, meter los remos en las chumaceras y bogar río adentro hasta desaparecer en lo oscuro, donde el agua era negra como los miedos de la chiquilla.
Y entonces se decidió a irse. Mañana salgo de aquí —dijo— y al otro día ya no estaba en esos lugares.
Sola se arrancó en bote
Sacó el botecito, echó sobre él las chumaceras, y arrancó río abajo como quien se despoja de un nombre. Buscaba un reino de transparencia, lejos de la cólera y la insanía familiar. Sólo Rosario, la niña que no fue amada, sabía a dónde remaba.
En su desesperación, el paisaje se abría. Las selvas de coigües se diluían.
Los ñirantos quedaban atrás, mientras el trino del chucao —ese pequeño que también se escondía— parecía acompañarla en su fuga.
Eligió una orilla y dirigió la proa hacia una casa desconocida, donde ardía una fogata tibia y una mujer sola le ofreció una taza de café humeante que no toleró. Rosario vomitó, y el vómito le arrancó dolores profundos: le sangraron las entrañas de tanto golpe, de tanto castigo acumulado.
Aun así, se despidió. Se subió a su bote. Remontó el río con la obstinación de quien carga una vida entera sobre huesos frágiles, buscando una posta en Aysén. Cuando llegó, extenuada, la esperaban sus familiares para llevársela de vuelta. La niña huyó otra vez. Tomó un atajo, se escondió en casa de un conocido. Mandaron a un chico a avisar a Carabineros. Y así se salvó.
El rescate y los primeros cuidados
En la posta constataron su estado deplorable; mientras tanto, su familia fue detenida y enviada a juicio a Chiloé. Rosario recibió visitas del Intendente Marchant y de Max Casas, pero estaba sumergida en el delirio de la recuperación. Y en ese delirio desfilaban, interminables, las imágenes del Río Los Palos: sus viajes en bote, los árboles y pájaros, el juego con sus hermanos desvalidos, las canciones de cuna en medio de una lluvia que nunca escampó en tantos años de frío y lejanía.
Me pidió especialmente ocultar su identidad. Porque comprendía que todo su mundo se desmoronaría si su nombre real salía en la radio. No en vano los suyos habían sido condenados; temía venganzas, temía la muerte, temía el regreso del látigo familiar. Vivió sobresaltada, aunque nada ocurrió. Pero la incertidumbre la consumió: era un deterioro invisible, tatuado en la piel del espíritu.
Cuando abrí un día la grabadora, unos treinta años después, me encontré con la anciana y con sus relatos. Sin pensarlo mucho quise compartirlos con ustedes, mis más inconmovibles lectores. Fui hasta la grabadora vieja y no funcionaba. Pasé meses buscando algo en qué escuchar esas cintas de casettes hasta que una tarde encontré la máquina en una tienda de remates. Llegando a casa me encontré otra vez con la Rosario, su voz, sus llantos incontrolables y recordé sus lágrimas, su yerba mate y el cebador en completo silencio.
Era su voz otra vez, —hecha de sílabas quebradas, pena y jadeos— la recordé una vez más, como si estuviera viva, pero no creí en eso, porque cuando hablé aquella vez ya estaba llegando a los 80. Me contenté con imaginarla y la vi de nuevo, vieja y frágil, apoyada en el rincón de su cocina, invitándonos a escuchar una verdad que venía desde lo más hondo de la selva. Una mujer patagonísima, guardiana de secretos que no caben en el lenguaje.
Todavía, cuando volví a ir a Río Los Palos, sentí que respira junto a los chucaos.Incluso imagino que está sola, sentada en el follaje blando, llorando en silencio, con la espalda destrozada.
Escribo entre el silencio y el olvido
A veces camino por Río Los Palos como quien regresa a un lugar donde nunca vivió, pero que lo reclama como testigo tardío. La selva respira con pulmones de musgo y lluvia, y el chucao repite su canto breve, casi burlón, como si supiera que sigo buscando a Rosario en cada rincón. Recuerdo su voz entrecortada, grabada en mi casetera, una voz que no narraba hechos sino heridas, que no contaba infancia sino castigo. Yo escribo esto sabiendo que reduzco lo inefable, que separo en frases lo que a ella le costó sangre, pero también con la certeza de que, si no lo hago, el río terminará tragándose la última señal de su existencia.
Cuando cierro mis libretas y guardo la grabadora, siento que la selva me observa, como si quisiera preguntarme qué haré con lo que sé. No tengo respuestas justas: solo imágenes. Veo a Rosario remando sola, con el río oscuro partiéndose frente a la proa; la veo vomitando café, abrazando el dolor como si fuera parte de su esqueleto; la diviso de lejos temiendo eternamente una venganza que nunca llegó. Y entonces entiendo que no escribo para denunciar, ni para salvarla; escribo para que no la devoren ni el silencio ni el olvido, esos depredadores mayores que cualquier familiar que la tuvo a su merced.
A veces creo —aunque suene a delirio romántico— que Rosario sigue aquí, sentada en el follaje blando, con la espalda hecha pedazos, y que cada chucao que escucho es ella avisándome que aún no puede descansar. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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