Historias DiarioSur

El fuego en el mundo, el fuego en Aysén

Por Óscar Aleuy / 25 de enero de 2026 | 11:00
Montes quemados en Mano Negra. Foto de autor año 1989.
Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
Aysén fue colonizado a base de incendios. El bosque cayó para que existiera el asentamiento humano. No hubo culpa, porque no había relato y tampoco hubo escándalo, porque no había espectadores. El fuego arrasó con todo, y en esa devastación se fundó un gigantesco territorio.
Atención: esta noticia fue publicada hace más de 16 días

El fuego no necesita organismos multilaterales ni hojas de ruta con plazos revisables. No requiere mesas técnicas ni consensos difíciles. El fuego no pregunta por el Producto Interno Bruto ni por la estabilidad política de una región antes de avanzar. Sólo actúa y nuestra muerte empieza ahí. En ese aquí y ahora de la vida que todavía insistimos en administrar como si fuera renovable, mientras las grandes autoridades globales —esas que hablan en nombre del planeta con una voz neutra y diplomática— anuncian, una vez más, que en el corto plazo no cuentan con las herramientas necesarias para evitar la hecatombe. No las tienen porque nunca las quisieron del todo. Cada país interpone sus intereses como quien protege un vaso de agua en medio de un incendio generalizado. El planeta, mientras tanto, aprende a arder sin permiso.

Se supone que existe una arquitectura internacional para cuidar la casa común. Se supone que hay datos, modelos, advertencias suficientemente claras. Se supone que el conocimiento científico ya dijo todo lo que tenía que decir. Pero traducir ese conocimiento en políticas reales resulta ser una tarea demasiado incómoda, demasiado costosa, demasiado poco rentable. Así, la contaminación sigue su curso, las emisiones de CO₂ se celebran en gráficos ascendentes y el carbono se acumula con una paciencia que ningún organismo humano ha logrado igualar. Quemar petróleo no es un error: es la consigna. Lo demás son notas al pie, seminarios eternos, promesas que seducen, pero no interrumpen nada.

La COP31, Greenpeace, la ONU o el CMNUCC y su colección de siglas bienintencionadas producen una prosa ambiental impecable. Declaraciones, años internacionales, campañas de sensibilización. El 2026 será el año de los pastizales, anuncian, mientras los bosques se convierten en columnas de humo que atraviesan continentes. Les gusta resaltar la importancia de las cosas cuando ya están perdiéndose. Les gusta el lenguaje de la urgencia siempre que no implique urgencias reales. El hombre se muere, pero informado. El planeta colapsa, pero con cobertura mediática adecuada.

El riesgo: un mantra tranquilizador

El cambio climático se volvió un género discursivo. Un eterno seminario que convoca expertos, entusiasma audiencias y deja intacto el ritmo de producción, transporte y consumo. La palabra “riesgo” se repite como un mantra tranquilizador: algo que todavía puede evitarse, algo que aún no ocurre del todo. Mientras tanto, millones de vuelos diarios perforan el cielo, las industrias siguen escarbando la corteza terrestre con una disciplina admirable y el petróleo —ese residuo fósil que nadie quiere dejar en paz— sigue siendo la sangre negra de una economía incapaz de imaginarse sin combustión.

Aysén lo entendió antes, sin conceptos ni informes. Allí el fuego no fue símbolo ni debate: fue herramienta obligada de subsistencia para la crianza de ganado. El bosque era una molestia para el pastoreo. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, millones de hectáreas ardieron para despejar la selva, abrir territorio, permitir la crianza de animales en la época de las concesiones pastoriles argentinas y extranjeras, inglesas en su mayoría. No había prensa que denunciara, ni Estados atentos, ni organismos internacionales preocupados por la biodiversidad. La pobreza era extrema, la distancia absoluta, y el fuego avanzaba como una solución brutal pero eficaz. El incendio fue la primera política pública, ejecutada sin discursos, con fósforos, viento y paciencia.

Aysén fue colonizado a base de incendios. El bosque cayó para que existiera el asentamiento humano. No hubo culpa, porque no había relato. No hubo escándalo, porque no había espectadores. El fuego arrasó con todo, y en esa devastación se fundó una región. Hoy, desde la comodidad moral del presente, se observa ese pasado con rechazo, se condena a los pioneros por haber ocupado “tierras de nadie” y haberlas despejado con fuego. La indignación retrospectiva es cómoda: no quema, no incomoda, no exige renunciar a nada.

Decisiones asesinas sin autoría

El contraste es obsceno. Aquellos incendios, precarios y localizados del siglo anterior, ocurrían sin justificación ideológica. Estos, en cambio, vienen respaldados por tratados, contratos, mercados globales y una política internacional que levanta el viento de una decisión asesina sin asumir nunca su autoría. Extraer petróleo sin límite, comerciarlo sin pudor, secar los hielos, derretir los polos, abrir un agujero persistente en la estratósfera y llamar a eso desarrollo. El fuego ahora no es accidente ni necesidad: es modelo económico.

La biodiversidad de los océanos no se respeta, pero se menciona en discursos solemnes. El Acuerdo de Alta Mar entra en vigencia como un espectáculo cuidadosamente coreografiado, diseñado más para tranquilizar conciencias que para alterar prácticas reales. La conservación de la naturaleza y la reducción de amenazas llevan décadas estancadas, convertidas en departamentos administrativos que producen informes mientras el mundo se recalienta con una regularidad casi industrial.

Gobiernos, sociedades, organizaciones: todos velan por sus propios intereses con una coherencia que roza la excelencia. Se siguen fabricando automóviles, se siguen horadando los cielos, se siguen sumando horas, días y años a una maquinaria que no sabe detenerse porque detenerse implicaría admitir que el camino era otro. El fuego, en cambio, nunca fingió. Nunca prometió salvar nada. Nunca habló de transición. Siempre fue claro, directo, coherente e irreversible.

Quizá por eso resulta tan incómodo. Porque el fuego no negocia. Y en un mundo diseñado para aplazar decisiones, para postergar responsabilidades y para convertir cada catástrofe en contenido, esa claridad resulta intolerable.

El fuego siempre fue eficiente. Pero nosotros, el planeta, no tanto.

La tentación de huir hacia arriba

Y cuando ya no queda mucho más que decir —cuando el fuego ha sido explicado, administrado, relativizado, convertido en cifra y en paisaje habitual— aparece la vieja tentación humana de siempre: huir hacia arriba. No apagar el incendio, sino dejar atrás a los que arden. No corregir el camino, sino comprar otro. Esta vez no en barcos ni en continentes nuevos, sino en planetas.

La idea circula con una naturalidad inquietante: llevar a Marte a miles de habitantes de la Tierra, seleccionar a los que pueden pagar el pasaje, fundar un bastión de salvación lejos de la hecatombe que ellos mismos ayudaron a producir. No es ciencia ficción ingenua; es la prolongación lógica del modelo. Si el planeta se quema, se cambia de planeta. Si la casa se derrumba, se abandona el barrio. El fuego queda atrás, junto con los que no entraron en la lista.

Ese es el núcleo de mi nueva novela El regreso de los Altísimos, recién aparecida —212 páginas de una lucidez incómoda— hoy nominada para un concurso literario internacional, pero sobre todo anclada simbólicamente en el mismo territorio que vio arder los primeros bosques: Ñirehuao en Aysén y el mismísimo Valle de la Luna. Desde ahí se organiza el lanzamiento de la nave espacial, como si el fuego fundacional y el escape final compartieran una misma raíz, una misma ceguera histórica. Y no es casualidad: los símbolos no se eligen, se imponen.

En la novela, los verdaderos villanos no son caricaturas. Son eficientes, bien vestidos, razonables. El protagonista —un personaje del mundo político, demasiado reconocible para ser tranquilizador— organiza la elección de los astronautas con la misma lógica con que hoy se administran los riesgos ambientales: selección, exclusión, justificación técnica. Los millonarios, únicos con probabilidades de sobrevivir, preparan su retirada elegante mientras el planeta sigue ardiendo para los demás. La hecatombe tiene nombre y apellido, pero nadie quiere pronunciarlo.

Y sin embargo, el narrador sabe lo que hace. El viaje no termina donde debería. Los doce astronautas —esa cifra que nunca es inocente— no llegan a un desierto rojo esperando ser colonizado, sino a una civilización marciana que ya existe, que piensa, que disfruta, que ha resuelto antes lo que la humanidad todavía se niega a enfrentar. Allí no hay seminarios eternos ni declaraciones sin efecto. Hay justicia. Una justicia que no castiga efectos, sino causas.

El giro es definitivo: el hombre y sus secuaces son juzgados por los marcianos, y la Tierra entera asiste al proceso a través de transmisiones en vivo. No hay épica de conquista, no hay salvación tecnológica. Hay un espejo. Una escena ejemplarizadora donde la humanidad queda expuesta ante sus propios vicios, ante su impulso constante de escapar en lugar de corregir, de huir en lugar de asumir.

Entonces todo encaja. El fuego que arrasó Aysén para fundar una región, el fuego global que hoy consume bosques, hielos y océanos, y el fuego simbólico de una civilización dispuesta a abandonar su mundo antes que cambiar su forma de habitarlo. La diferencia es mínima: antes no había relato; ahora hay demasiados. Antes no había espectadores; ahora hay transmisiones en vivo. El incendio, en lo esencial, sigue siendo el mismo.

Quizá por eso la novela no propone una salvación, sino un juicio. No ofrece otro planeta, sino otra mirada. Y deja flotando una pregunta que ninguna organización global, ningún acuerdo multilateral, ningún año internacional se atreve a formular en serio:

¿Qué pasaría si, por una vez, no pudiéramos huir?

El fuego siempre fue eficiente. La fuga, también. La responsabilidad, todavía no.

Al final, El regreso de los Altísimos no imagina el futuro: lo adelanta apenas unos pasos. La fuga interplanetaria no aparece como hazaña, sino como lo que siempre fue: una versión cara y tecnológica del abandono. La Tierra mira el juicio en vivo, como mira hoy los incendios, los deshielos y las catástrofes: con atención suficiente para no sentirse inocente, pero no tanta como para cambiar de conducta.

El fuego cumple su trabajo sin discursos.

La huida también. La responsabilidad, en cambio, sigue esperando turno.

Al final, El regreso de los Altísimos no imagina el futuro: lo adelanta apenas unos pasos. La fuga interplanetaria no aparece como hazaña ni como salvación, sino como lo que siempre fue: una versión cara, limpia y tecnológicamente impecable del abandono. No hay épica de conquista ni promesa de redención; hay un juicio. Y la Tierra asiste a él en vivo, del mismo modo en que hoy mira los incendios, los deshielos y las catástrofes: con atención suficiente para no sentirse del todo inocente, pero no tanta como para cambiar de conducta.

La novela no propone salvarse, sino ser juzgados. No ofrece otro planeta, sino un espejo.

La transmisión continúa. El fuego también.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

Si vas a utilizar contenido de nuestro diario (textos o simplemente datos) en algún medio de comunicación, blog o Redes Sociales, indica la fuente, de lo contrario estarás incurriendo en un delito sancionado la Ley Nº 17.336, sobre Propiedad Intelectual. Lo anterior no rige para las fotografías y videos, pues queda totalmente PROHIBIDA su reproducción para fines informativos.
¿Encontraste un error en la noticia?