Y tenía razón. Cada vez que Chevasco abría la boca era igual que soltar un loro con megáfono: se metía en los oídos como una garrapata sin frenos, revolviendo recuerdos ajenos, opinando de todo con una libertad casi peligrosa y con esa gracia suya de hacer florecer lo que los demás mantenían bajo siete llaves.
En la cédula figuró como Jorge Rodrigo Cevasco Ríos, nacido en Río Bueno, pero el papel nunca logró contenerlo. Pasó por escuelas básicas, por colegios particulares del pueblo y hasta por un internado en la lluviosa Valdivia, donde —dicen— ya ejercitaba el oficio de comentarista universal durante los recreos. Desde joven fue un baúl con bisagras sueltas: uno lo abría y escapaban sin control alguno historias, datos, teorías, chismes con corbata y verdades a medio peinar.
Un amigo visionario le sopló al oído que Aysén existía y que por estos lados el trabajo se daba mejor que en otras regiones. En 1956 se subió a un barco como quien se sube a un sueño con mareo incluido, desembarcó en Puerto Aysén y, casi por olfato, terminó recalando en Coyhaique. Probó suerte en la estancia de Ñirehuao, pero su destino no era arrear ovejas sino palabras. Escuchaba a los visitantes como quien colecciona estampillas: políticos, comerciantes, parroquianos del puerto libre que se reunían en los salones del Royal, del Chible, del Arévalo o del Altuna. Ahí Chevasco descubrió que el mundo se movía conversando y decidió renunciar a las ovejas de Baño Nuevo para doctorarse en sobremesas, rodeado de los más conspicuos hombres de la sociedad coyhaiquina.
Desde entonces se le vio en hoteles, radios y restaurantes, siempre con la antena parada, fabricando juicios que dejan a cualquiera mirando el techo. Era el invitado que nadie había invitado y que, sin embargo, terminaba siempre presidiendo la mesa; el intruso simpático que se dio el lujo de romper el hielo con un chiste y que lo terminaba relatando la historia universal de Coyhaique en versión sin censura. Habló siempre medio de costado, con esa articulación traspuesta que obligó a poner atención, como si las palabras vinieran en bicicleta por un camino de ripio y en bajada.
Con los años se volvió un oráculo de carne y hueso. Para algunos sabía más que el diario de mañana: comentaba proyectos, amores que se derrumbaron, catástrofes, elecciones, chanchullos internacionales y hasta el clima sentimental de los difuntos. Incluso fue amigo de intendentes, senadores y de cuanto personaje con corbata haya pasado por la región. Todos lo quisieron, todos lo escucharon, todos le temieron un poquito, aunque nunca lo comentaron por precaución
El matrimonio nunca logró domesticarlo y su eterno cuartel general era el casino de la Primera Compañía de Bomberos, en la calle General Parra, donde se calzó profundamente con la cofradía de los conversadores eternos. Allí Chevasco reinaba como un director de orquesta sin batuta: repartía anécdotas, revivía apellidos y situaciones divertidas, manteniendo a Coyhaique respirando por la oreja.
Con el paso de los años, Chevasco caminaba más lento, medio encorvado, mascullando sonidos que parecieron telegramas añejos, pero con una memoria que le brillaba como vitrina de ferretería. Dentro de esa cabeza seguirían con el tiempo desfilando los recordados vapores de 1956, los bailes del Royal, los mejores discursos del Chible y un montón de risas que ya no tienen dueño.
Tal vez en todos los pueblos exista un Chevasco; el nuestro, con raíces italianas llegadas desde la Argentina, es patrimonio no declarado, una enciclopedia con zapatos muy desgastados.
Dicen, a pesar de las mentirillas, que su apellido jamás fue italiano y que tampoco vasco como lo quisieron adornar. Simplemente, a otro de los grandes personajes coyhaiquinos, el recordado y respetado Juanito Jalife, adalid eterno de la vida social, se le ocurrió declararlo personaje importante en una comunidad donde las únicas libertades de los amigos se desenvolvieron en los hoteles, al estilo más libertino y machista posible. Cómo las películas mexicanas de antaño, que una vez al mes se desenrollaban en el viejo telón despedazado y amarillento del teatro Colón de la calle Serrano. Así que sería Jalife finalmente quien le tendería la mano de la ciudad para llenarlo de coronas y aceptaciones por un tiempo largo.
Luego enfermó. Sin familia, difícil que hubiera seguido riendo o visitando lugares para subir los ánimos. En el hogar de ancianos de la obra don Guanella se quedó hasta cuando fue el momento de irse para siempre.
Lo recordaremos a Chevasco. Con alegría y terneza, imitando su accionar por las calles, los barrios, los hoteles, los bomberos. Supimos por él las copuchas de primera fuente, cuando llegó a Chile Juan Pablo II, cuando cayó la Bolsa, cuando la tormenta asoló Europa, el desastre del vuelo de Panam, el plebiscito de octubre, la caída del muro de Berlín, la revolución de Nelson Mandela, la asunción de Aylwin, el ataque contra las Torres Gemelas, la muerte de Lady D… Todo el universo corría por el cerebro de este deslenguado personaje de nuestras calles que siguió dando que hablar durante todo el tiempo que le vimos a nuestro lado.
Estamos convencidos que, mientras Chevasco hubiera seguido dando vueltas por la ciudad, Coyhaique tendría asegurado su mejor noticiero: el que se contaba de pie, con un café en la mano y con él al centro, sabiendo —como siempre— hablar más de lo necesario, demasiado para nuestro gusto. Y dejándolo todo a disposición, para que los habitués de las noches y los días de nuestra natal Coyhaique tengan motivos más que suficientes para reír y ser felices al lado de uno de los personajes más queridos y alegres, más dicharacheros y simpáticos que pasaron por nuestras calles y nuestros entornos. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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