Al carrero Luis Hernández había que mirarlo despacio. No bastaba con verlo pasar. Había que demorarse para entenderlo con su espalda levemente encorvada, en ese silencio suyo que no pedía conversación, pero tampoco la negaba.
No lo vi en mis últimos días en Aysén. Y esa ausencia —tan sencilla, tan concreta— me dejó un vacío extraño, como cuando uno vuelve a una casa y ya no está la silla en la que alguien se sentaba siempre. Su seriedad no era desconfianza. Era la gravedad del que ha aprendido demasiado temprano lo que cuesta vivir. Una seriedad limpia, sin aspavientos, como si el viento patagón le hubiera ido limando las palabras hasta dejarle sólo las necesarias.
A su lado solía caminar Francisco Méndez. Tranco a tranco. A veces hablaba y a veces no. Cuando lo hacía, el humo de su cachimba de hueso parecía sostenerle los recuerdos para que no se desarmaran en el aire. En sus silencios había ríos, inviernos, nombres de hombres que ya nadie pronuncia hoy.
Don Luis pertenecía a ese tiempo primero, cuando Aysén no era más que un intento, una obstinación contra el barro y la distancia, antes de 1930, cuando ayudaba a su padre en los viajes interminables a Puerto Aysén. Estaba destinado a eso, a vivir madrugadas oscuras, a oir los bueyes que resoplaban vaporeos y la madera crujiendo como si también tuviera frío.
El oficio de bueyerizo se aprendía con el cuerpo en ese acto de juntar los animales antes del alba para sentirles el ánimo en el lomo, adivinar cuándo uno iba a flaquear. Y luego la huella armada con varas sobre el mallín tembloroso, que sostenía los carros pero no siempre a los hombres. Bastaba un simple descuido para que todo se diera vuelta: carga, orgullo, semanas de trabajo.
El miedo no se decía. Se tragaba
Los nervios debían ser de acero, pero eran nervios humanos. Y el miedo no se decía; se tragaba.
Un viaje entre Baquedano y Puerto Dunn podía durar más de un mes. La Compañía pagaba lo suyo, unos treinta centavos que hoy suenan a otra cifra, y que entonces marcaban la diferencia entre seguir descalzo o entrar a la pulpería y comprarse, con manos todavía temblorosas de juventud, un par de zapatos de cuero inglés de tres suelas. Tres años de duración. Tres inviernos resistidos paso a paso.
Ser carrero no era sólo un trabajo. Más que eso, creo que era una manera de estar en el mundo, una forma de decir: aquí estoy, aunque el barro me llegue a las rodillas.
Me habló de respeto, de quitarse la gorra ante un mayor, de recibir castigos sin rencor, de tratar con dignidad incluso al hombre de sienes blancas que compartía la intemperie. En la huella todos eran frágiles y el barro no hacía diferencias.
Cuando recuerda la cuesta de Caracoles, baja la voz. Porque sabe que allí quedaron compañeros muertos. Era algo monstruoso, donde siempre tenía preferencia el que subía. Si dos carros se encontraban en la angostura, primero los gritos para avisarse, luego el fogón, el mate compartido. Y las largas horas detenidos en medio del peligro. Tal vez porque sabían que el siguiente tramo podía ser el último.
¿Se perdió todo eso?
No lo sé. Don Luis dice que son recuerdos. Pero hay recuerdos que no se dejan enterrar y se obstinan en permanecer como una huella vieja que la lluvia no logra borrar.
Pienso entonces en el segundo pionero de hoy: Francisco Méndez. En aquel invierno de 1925, cuando quedó aislado dos semanas y el río creció peligrosamente con los deshielos de septiembre. Ese día pidió prestada una yegua. Su amigo lo acompañó hasta la orilla y más allá el agua que rugía como si no hubiera aprendido a conocer la calma.
—Si me lleva la corriente, avise más abajo. Yo aguantaré. No era valentía lo que lo empujaba. Era necesidad.
La yegua arrastrada por la corriente
La yegua dudó. Los animales saben lo que los hombres prefieren ignorar. Espuela, resistencia, espuela otra vez. El agua subiendo hasta el pecho, el frío entrando por la piel como una verdad.
El caballo viejo, tuerto, estaba atado al lazo y comenzó a rendirse primero. Don Francisco cortó la cuerda y lo vio desaparecer arrastrado por la correntada sin tiempo para despedidas. Hay pérdidas que no admiten ceremonias.
Con el agua hasta el cuello, sintió por fin que la yegua tocaba fondo. Llegaron a la otra orilla exhaustos, temblando. Se tendió un momento sobre la tierra dura, respirando como si acabara de volver de un lugar del que no se regresa.
Pero todavía faltaba camino. El hielo bajando a golpes por el río, las ropas mojadas pegadas al cuerpo y ese frío viejo, ese que lo acompañaba desde niño y que ya no sabía distinguir por sí mismo.
Una hora y media después, las luces del campo de los Soto aparecieron como una promesa. Perros ladrando. Voces conocidas. El olor del mate y las tortas fritas calientes.
Desensilló cerca de las diez de la noche. Se sentó. Calló.
Mientras el vapor del mate le entibiaba las manos, comprendió —sin decirlo— que la vida en esas tierras no era heroica ni trágica, sino simplemente persistente. Como ellos. El vapor del mate le entibió las manos mientras afuera el viento seguía haciendo su trabajo de siempre: borrar, empujar, insistir.
Años después, cuando me senté frente a don Luis y a don Francisco, comprendí que no estaba entrevistando a dos hombres, sino a un tiempo entero que se resistía a desaparecer. Ellos hablaban sin grandilocuencia, como quien enumera tareas domésticas: cruzar ríos, esquivar la muerte, enterrar compañeros, volver a empezar. Yo tomaba notas intentando que la tinta no traicionara la hondura de lo que escuchaba.
Los silencios que se guardan
A veces guardaban silencio. Y en ese silencio estaba todo. Me miraban como preguntándose para qué quería yo esas historias. Pero no sabía responderles con precisión. Tal vez porque intuía que, si no las recogía entonces, el viento terminaría por llevárselas como al caballo tuerto, río abajo.
Hoy ya no sé cuántos de aquellos nombres siguen respirando. Pero cada vez que recuerdo la figura encorvada de don Luis o la mirada obstinada de don Francisco enfrentando el agua, entiendo que la Patagonia no se fundó con discursos ni reglamentos alcaldicios, sino con hombres así: tercos, callados, vulnerables.
Yo solo tuve la suerte de escucharlos. Y escribo para que no se pierda del todo. O porque el viento también sabe leer estas cosas. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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