Yo estaba ahí cuando todo empezó a desordenarse, que es como realmente empiezan las cosas buenas. La noche anterior nos habíamos quedado pegados con los muchachos de la radio, conversando como si el día siguiente no existiera. Nos abrazamos más de la cuenta —señal inequívoca del viaje— y salimos a esperar la madrugada, que siempre llega con cara de ¿están seguros de esto?
El plan era simple: irnos unos días. Cinco como máximo, porque así lo decretó el hueñe Rebolledo, que además de manejar el vehículo se daba el gusto de oficiar de guía espiritual, logístico y decorativo.
—Aquí cabimos todos, los mejores no más —dijo, con esa sonrisa que no prometía nada bueno y la pipa tan manoseada que ya parecía reliquia familiar.
Yo, por mi parte, tenía otro encargo antes de largarme: ver a Berta Aguilar, viuda de Avendaño, que venía de Quellón con una historia que, según Macías de los muelles, valía más que cualquier viaje. Y Macías no era hombre de exagerar… salvo cuando respiraba.
Subimos por un caminito angosto que parecía arrepentirse a cada paso, hasta llegar a una casa amarilla encaramada en lo alto de Puerto Chacabuco, donde el frío no entra: se instala.
Berta me miró con esa calma de la gente que ya sobrevivió a todo lo que uno apenas imagina, y me soltó la historia sin apuro, como quien pela papas.
Me habló de una pena larga, de esas que no se van ni con sueño ni con silencio. Algo que le duró unos buenos seis meses y que se le metió en el cuerpo al punto de dejarla medio sorda. Había dejado su casa de tejuelas en Quellón para venir a una rancha incómoda, a puro frío y miedo, mientras su marido levantaba el primer muelle y la primera bodega, como si estuviera armando el mundo desde cero y sin instrucciones.
—Mi pobre viejo tenía buenas intenciones, pero estaba solo… haciendo todo. ¿Qué le iba a resultar bien, puh?
Ahí uno aprende que las buenas intenciones, en esos territorios, sirven más para consolar que para construir.
Me contó también del terror. No el elegante, el de los libros. El otro: el que se mete por los árboles, se queda en la noche y no te deja respirar.
—Esa montaña… no se podía vivir ahí.
Y entonces hicieron lo único razonable en un lugar irracional: la quemaron. Entera.
El fuego duró largos nueve días.
—Nos daba gusto verlo —me dijo—, aunque se sentía pena por los animales.
Así es la vida cuando hay que elegir entre el miedo y la culpa: uno aprende a convivir con la segunda. Después vino la tierra limpia, las papas —cien bolsas, como quien no quiere la cosa— y el principio de algo que se parecía a vivir.
Pero la tranquilidad en esos lados dura lo que dura una buena intención: poco.
Llegaron los obreros, el muelle grande, y como si faltara algo, el terremoto del 60. Camiones argentinos, víveres, gente descargando como si eso también fuera una forma de rezar.
El marido de Berta, ya convertido en Jefe Mayor de Obras, tenía privilegios que hoy sonarían a lujo: prender la luz… y apagarla a las diez.
El progreso, en versión resumida.
Después vino el mar, que entró y salió como dueño de casa, dejando todo bajo el agua. Y la ceniza.
—Está cayendo ceniza del volcán, viejo.
—No llores, no va a pasar más.
Mentira piadosa. Una semana enterrados hasta los tobillos.
Cuando terminé de escucharla, me quedó claro algo: esa gente no vivía en la historia… la empujaba con sigilo y paciencia hacia un pasillo vacío.
Hoy casi no queda nadie. Y no es tragedia: es costumbre.
Yo seguí mi camino, porque uno escucha estas cosas y siente que debe seguir andando, aunque no sepa bien hacia dónde.
Y en esas vueltas llegué, o más bien reconstruí —porque ahí uno siempre llega tarde— esa imponente casa de Juan Richard, por allá por 1907, en los alrededores de Puerto Aysén.
No conocí al galés, pero lo vi igual. Estas cosas funcionan así: uno imagina bien y listo. Además, yo estaba en otra época.
La casa era una choza de barro con techo de pasto, de esas que no ganan premios pero sí aguantan inviernos. Piso de tierra, perros echados, aves cruzando como si fueran dueñas, y gente sentada en troncos mirando un fuego que hacía todo el trabajo importante.
Había un fonógrafo, recuerdo. Sí, un fonógrafo en medio de ese desorden.
La gente se juntaba afuera a escuchar esa música raspada que debía sonar a otro planeta. Y adentro, todo colgaba de todo: cuerdas, ropa, carne, utensilios. Un orden tan caótico que ya parecía decisión más estética que cotidiana.
La puerta, siempre abierta. No por hospitalidad sino por necesidad.
Por ahí pasaba gente. Siempre. Jinetes, carretas, ingleses confundidos que esperaban encontrar algo más parecido a lo británico. Se iban mascullando, como si alguien los hubiera engañado. Casi todos eran huraños.
Ahí vivía también un sobrino, y pasaron nombres que hoy suenan importantes y en ese entonces eran sólo visitas con frío. Historias que terminaron mal, como suelen terminar cuando hay aislamiento, alcohol y hombres con demasiado tiempo.
Uno de esos episodios dejó una lápida en Balmaceda. Y un hombre quebrado que se fue para no volver. Esa es una conocida leyenda del lugar.
Las cosas eran así. Un galés improvisando mundo, un inglés levantando puerto, gente cruzando pampas como si el mapa fuera una sugerencia.
Después apareció Liborio Oyarzún, bajándose de un vapor con más dudas que equipaje. En el puerto no había espacio para principiantes, así que hizo lo único que se podía hacer: irse más adentro.
Subió, miró desde Baguales, y vio esa pampa mínima rodeada de monte.
—Y se me entró el habla —me dijo después. Y le creo. Porque hay lugares que no te dejan sin palabras: te las desordenan.
Ahí supo también de esa norma curiosa: el que iba a pie podía tomar un caballo, usarlo y devolverlo después. Una confianza que hoy sería considerada locura… o acaso un milagro administrativo.
Me habló de estancias, de árboles enormes, de sentirse raro. Como todos los que llegan por primera vez a un lugar donde nadie te estaba esperando.
Yo no sé si estas historias sirven para algo. Pero sé que pasan.
Y también sé que alguien tiene que contarlas, aunque sea desde esta última esquina, donde uno mira, escucha… y después trata de ordenar el desorden sin que pierda la gracia.
Porque si algo aprendí en todo esto, es que el sur no se explica. Se sobrevive. Y con suerte… se cuenta. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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