Reconstruir los primeros días de Puerto Aysén es un ejercicio de imaginación con pretensiones de arqueología. Tenemos testimonios, sí; memorias que se repiten con convicción casi religiosa. Pero aún así cuesta figurarse ese instante en que la vida —sin pedir permiso— decidió instalarse en un territorio que parecía diseñado para poner a prueba el ánimo humano.
Porque no era fácil. Nada lo era. Y, como suele suceder en esos escenarios donde todo está por hacerse, la precariedad no sólo construye casas: también levanta desconfianzas, tensiones y uno que otro mal genio bien justificado.
Voluntad y tesón
Sin embargo, hubo administradores de la Compañía —metódicos hasta el exceso, como buenos herederos de la obsesión británica por el orden— que comenzaron a levantar el andamiaje de lo que sería el puerto. Casas, galpones, bodegas, muelles, corrales, oficinas. Todo surgía con una mezcla de apuro y disciplina que hoy resultaría sospechosamente eficiente.
Porque no se trataba sólo de construir: había que organizar el movimiento de la vida misma. Así aparecieron los corrales de embarque, verdaderas autopistas ovinas por donde transitaban los piños rumbo a los vapores, y los corrales de aguante, donde los animales esperaban su turno con una paciencia que muchos humanos jamás lograrían imitar.
El intendente carabinero
Y detrás de todo esto —porque siempre hay alguien detrás de todo— estaba la cabeza pensante: Luis Marchant, el Intendente, observador implacable y, por lo visto, también planificador territorial improvisado. Con ojo clínico dirigió destinos imposibles en medio de un área de escasos secanos entre La Península y la Plaza 18 de Septiembre. No era un lujo: era como vivir en medio de una supervivencia con criterio.
Ahí se levantaron las primeras estructuras: un puerto, bodegas, una grasería, el galpón de lana, chacras, potreros, viviendas. Todo en orden, todo en fila, como si alguien hubiese decidido que incluso en el fin del mundo debía existir cierta dignidad geométrica.
Sobre el nombre “Aysén”, por cierto, hay teorías para todos los gustos. Algunas más elaboradas que otras, como suele ocurrir cuando la historia coquetea con la imaginación. Pero siendo honestos —y aquí conviene no ponerse demasiado solemne—, la fuerte presencia inglesa hace innecesarias muchas piruetas intelectuales.
Había ingleses, había poder, había idioma. Y cuando esas tres cosas se combinan, los nombres suelen resolverse solos.
Los que llegaron primero
Así llegaron trabajadores, técnicos, especialistas. Se abrieron caminos, se horadó el Farellón, se levantaron estancias. Todo bajo una lógica organizativa que rozaba lo obsesivo. Una maquinaria laboral tan eficiente que, de haber existido en otros contextos, habría generado más de una sospecha sindical.
Por esta calle a lo largo
En medio de ese despliegue surgía el villorrio un conjunto de casas llamados Puerto Aysén que tenía una sola gran calle. Una. Larga, ancha y, en teoría, suficiente. Se extendía entre el Cerro Mirador y el cuartel de Carabineros, pasando frente al Hotel Vera al lado de los muelles —epicentro social donde probablemente se tomaban decisiones importantes… o al menos se discutían con entusiasmo etílico.
Pero esa calle tenía un pequeño detalle: era un lodazal monumental. Por ella transitaban, día y noche, miles de cabezas de ganado rumbo al embarque. Ovejas, principalmente, avanzando con la determinación de quien no sabe exactamente adónde va, pero igual sigue. El resultado era predecible: barro, barro y más barro.
Decir que se intentaron soluciones sería generoso. Hubo envaralados, ripios, tablones improvisados que conectaban casa con casa como si el pueblo entero fuese un experimento de ingeniería precaria. Nada funcionó del todo.
Caminar por ahí no era un paseo: era una decisión.
La actual calle Teniente Merino —entonces Chile-Argentina— terminó siendo poco menos que intransitable. Hoy está silenciosa, casi olvidadas esas primeras respiraciones, como si la historia le hubiese pasado por encima sin pedirle opinión.
Mientras tanto, los ingleses se movían con soltura. Elegantes, distantes, eficientes. No frecuentaban pensiones ni hoteles: se alojaban entre ellos, en una red cerrada que combinaba comodidad con cierta dosis de exclusividad. Traían personal calificado, gente “de confianza”, como se decía entonces… y como se sigue diciendo ahora, aunque con menos elegancia.
Las primeras construcciones
Existe también una idea bastante extendida —y bastante equivocada— sobre la construcción del pueblo. Se suele afirmar que todo fue obra de chilotes, levantado al estilo tradicional. Pero no.
O al menos, no del todo.
Porque si bien hubo participación chilota, las obras importantes —las que aún resisten el paso del tiempo— fueron diseñadas y ejecutadas con estándares muy distintos. Constructores con su cartón bajo la manga, capacitados que dieron al medio del clavo para traer materiales nobles: cemento, piedra, maderas tratadas.
Y ahí están las pruebas: la Prefectura de Carabineros, la Oficina de Tierras, la Radioestación Naval. Firmes, intactas, casi desafiando al clima. Otras construcciones, como la Intendencia y la Catedral, no corrieron la misma suerte: el fuego, siempre democrático, se las llevó sin mayores contemplaciones.
Detrás de este orden arquitectónico aparecen esos geniales primeros carpinteros trabajando junto al intendente Marchant. Un grupo de hábiles maestros que, sin saberlo, estaba diseñando no sólo edificios, sino también memoria.
Y luego vino la educación. Porque incluso en medio del barro, las ovejas y la obsesión logística, alguien tenía que pensar en el futuro.
A fines de los años treinta, un grupo de vecinos —rotarios, progresistas, obstinados— decidió que ya era hora de tener un liceo. Y no fue fácil. Nunca lo es cuando se parte de cero.
Pero en 1939, con la firma del presidente Pedro Aguirre Cerda, el proyecto se convirtió en realidad. El Liceo Técnico Regional abría sus puertas con 80 alumnos y más entusiasmo que recursos.
Los detalles son elocuentes: cajones de azúcar convertidos en escritorios, estudiantes llevando leña para calefaccionar las salas, clases funcionando en lo que antes había sido un teatro… y luego una cárcel. Una trayectoria arquitectónica que no deja de ser simbólica.
A pesar de todo, el liceo creció y se abrieron cursos, se creó el internado, se diversificó la enseñanza con talleres de lencería y mueblería —que, como tantas buenas ideas, murieron por falta de apoyo—. Pasaron rectores, profesores, generaciones de estudiantes que fueron construyendo una identidad educativa con más voluntad que infraestructura.
El sempiterno quehacer
Y la vida cultural no se quedó atrás en ningún momento. Gracias a cerebros consumados y profesores con fuste de otra realidad, nacerían periódicos estudiantiles, diarios murales y revistas, centros de historia, veladas artísticas. En 1945, por ejemplo, se organizó una función para reunir fondos y comprar un piano. Porque claro, en medio del aislamiento, alguien decidió que también era necesario tener música. Y no cualquier música: obras originales, montajes teatrales, jóvenes actuando con más entusiasmo que técnica, pero con una convicción que hoy escasea.
Desfilaron nombres, rostros, voces. Algunos quedaron en la memoria; otros, en el olvido —ese archivo implacable donde termina casi todo—.
Pero todos, sin excepción, fueron parte de ese primer impulso vital de Puerto Aysén en un momento en que todo estaba por hacerse.
Ese instante —irrepetible y caótico— en que un puñado de personas decidió, contra toda evidencia, que valía la pena quedarse para siempre. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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