En algún punto entre la memoria y la leyenda —ese territorio donde los recuerdos crecen como montañas vistas desde lejos— todavía camina, con su paso taconeador, el carabinero Juan Toledo. Pero casi nadie lo recuerda por su nombre. En Aysén, donde las historias suelen adquirir apodos más rápidos que las biografías, a Juan Toledo le decían simplemente Perón.
No porque hubiera leído a Juan Domingo Perón, ni porque supiera mucho de política, sino porque su presencia —grande, ruidosa y dominante— parecía ocupar el aire de la misma forma en que los líderes ocupan los balcones.
Pesaba unos respetables 115 kilos de autoridad natural. Caminaba con un taconeo que anunciaba su llegada antes que su sombra, y hablaba con un vozarrón que habría sido perfectamente capaz de ordenar silencio en una tormenta patagónica. Tenía esa corpulencia que no pide permiso para entrar a una pieza: más bien la pieza se acomodaba sola.
Hombres con paciencia geológica.
Quienes lo conocieron dicen que no era tanto su tamaño lo que imponía respeto, sino las consecuencias de sus actos, que solían caer alrededor como piedras en un lago quieto. Perón pertenecía a esa primera generación de carabineros enviados a Aysén cuando el territorio todavía era más geografía que institución. Hombres que patrullaban con el caballo, el viento y una paciencia casi geológica.
Y Perón ejercía la ley como si fuera una extensión natural de su cuerpo.
Una vez, por ejemplo, llegó a la comisaría un vendedor de relojes con la tragedia escrita en la cara. Venía desde Coyhaique en uno de esos camiones que demoraban tres horas y media en recorrer un camino que hoy se hace en bastante menos, aunque con menos épica.
El problema era una maleta.
La maleta iba atrás, en la carrocería. Y la maleta no tenía llave. Y junto a la maleta viajaba una mujer. Tres condiciones que, en la matemática policial de la época, formaban una ecuación bastante sospechosa.
Cuando el comerciante abrió su equipaje en el hotel de Puerto Aysén, descubrió que tres relojes de oro habían decidido abandonar la mercancía sin aviso previo. El denunciante llegó a la comisaría, y allí estaba Perón, dueño absoluto del escritorio, del aire y probablemente del destino inmediato de la historia.
La mujer fue encontrada con rapidez. En esos años, Aysén no era precisamente una ciudad donde la gente pudiera desaparecer en medio de una multitud.
Cuando la llevaron frente al oficial, Perón no gastó tiempo en rodeos.
—¿Dónde dejó los relojes, señora?
—Yo no sé nada —respondió ella—. Jamás toqué esa maleta.
Pero Perón tenía un método investigativo que hoy provocaría seminarios jurídicos, editoriales con visos de indignación y probablemente tres comisiones parlamentarias.
Ordenó que la bañaran con agua fría en una dependencia de la comisaría. Y cuando volvió a presentarse ante él, empapada y temblando, anunció con solemne pedagogía que el procedimiento podía repetirse.
La mujer reflexionó unos segundos. Y decidió colaborar con la justicia.
—Debajo del colchón de mi cama están los relojes —anunció. Fueron hasta allá, levantaron el colchón… y allí estaban los tres fugitivos de oro.
La justicia, en aquellos tiempos, tenía un estilo directo. Digamos que era menos literaria y más hidráulica. Pero Perón también protagonizó episodios domésticos dignos de archivo.
Su mujer, la única que lo mandaba
Una noche llegó a la comisaría con el cabello convertido en geografía salvaje, la cara surcada por rasguños y —detalle que no pasó inadvertido— envuelto en un largo camisón floreado sobre el uniforme.
Entró como un huracán.
—¡Cabo de guardia! —tronó—. ¡Deje constancia en el libro que al llegar esta noche a mi casa mi mujer me atacó con un garrote y me arañó la cara!
Se acercó al escritorio y ofreció el rostro como evidencia.
—¡Mire si no cree!
Era la prueba definitiva de una verdad universal: su esposa era la única persona en el mundo que no le tenía miedo a Perón.
A pesar de su carácter volcánico, quienes lo trataron lo recuerdan también como un hombre generoso. Tuvo hijos que estudiaron en los colegios de la provincia, y hoy todavía hay quienes buscan sus rastros para completar el retrato de aquel carabinero que parecía hecho de viento, disciplina y temperamento.
Daniel Mayorga, el carabinero del sufrimiento
Pero Aysén fue también tierra de otros uniformes memorables. Uno de ellos perteneció a Daniel Mayorga, otro de esos nombres que caminan entre la historia y la mitología rural. La primera crónica sobre él la hice en Coyhaique, en un diario local que ya no existe.
Mayorga había nacido en la isla chilota de Chulín, en 1907. Y llegó a la provincia cuando Aysén todavía era más una promesa que una región.
Los carabineros de esos años no patrullaban calles: patrullaban áreas de silencio e incomunicación. Entraban en la selva como quien entra en un misterio. Sus compañeros eran el caballo, el frío y esa soledad patagónica que tiene la costumbre de conversar largo con quien la escucha.
Mayorga conocía cada rincón del territorio como quien reconoce los pliegues de su propia mano. Tal vez por eso no se impresionaba fácilmente. Antes de enfrentar un peligro, calculaba. Observaba. Esperaba. Era el tipo de prudencia que solo desarrollan los hombres que han visto suficientes inviernos.
Sus primeras misiones tenían algo de leyenda: largas cabalgatas, nevazones interminables, ríos crecidos y noches en que el único abrigo era una manta de pelero y la montura del caballo.
Las misiones para capturar al Rubio de la Pera
Con el tiempo participó en persecuciones de forajidos que recorrían la provincia como sombras incómodas. En esos años, decía él mismo, había que ser muy macho para salir a buscarlos.
Uno de esos personajes fue el llamado Rubio de la Pera, bandolero formado —según confesaba Mayorga con honestidad sorprendente— en la misma escuela del miedo que los propios carabineros habían ayudado a crear. A veces, reconocía, la persecución vuelve más duros a los perseguidos.
La vida de Mayorga también tuvo días más simples: transportar fardos desde el puente El Moro hasta Baquedano en 1932, vigilar las celebraciones dieciocheras del Coyhaique de 1940, o sobrevivir con sueldos que llegaban con dos meses de atraso mientras la imaginación hacía milagros para alimentar a la familia.
El Baker le enseñó la dimensión exacta del aislamiento. Ese silencio gigantesco que, con los años, termina instalándose también dentro de las personas. Recordaba el Coyhaique antiguo como un lugar de calles que eran más barro que camino, comercios tímidos y bosques que todavía respiraban dentro de la ciudad.
Sus últimos años transcurrieron en una casa amarilla de la calle Sargento Aldea, donde la modernidad pasó frente a su ventana como un tren que él prefirió mirar desde lejos. Fui a entrevistarlo un día soleado, estuve con él un par de horas con él y su familia.
Si uno junta las vidas de Perón y Mayorga, aparece una especie de retrato colectivo de aquellos carabineros del principio. Hombres duros, contradictorios, heroicos a ratos y desmesurados en otros.
Pero sobre todo hombres de un tiempo en que Aysén todavía estaba aprendiendo a convertirse en lugar.
Y como suele ocurrir con las historias del sur, quizá lo mejor no sea juzgarlas demasiado rápido. Más bien conviene escucharlas con calma… y después sacar sus propias conclusiones. Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.
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